El lado Coca-Cola

 ...de la Lucha de Clases por Vladimir Méndez J. “Sabe a mierda”, cuenta la leyenda que dijo el Che Guevara cuando probó el brebaje con el que los químicos cubanos, tras el triunfo de la revolución, intentaban suplantar a la Coca-Cola, mejor conocida en las izquierdas como las agua negras del imperialismo yanqui (El de la boina tenía razón: una Cuba Libre, en La Habana y con Tropicola sabe, sobre todo, a dictadura). Compuesta de agua carbonatada, azúcar, aromáticos, ácido fosfórico y cafeína —mucha menos que la contenida en una taza de buen café, y ni qué decir si es cubano—, la bebida se ha convertido en el blanco de los ataques de algunos grupos anticapitalistas que, sin poner mientes en lo que dicen, se manifiestan a favor no sólo de su prohibición, sino hasta de la destrucción de la fórmula. La pretensión, blasfemia pura ante la vida y obra de San Ernesto de La Higuera, más que ironía moderna es sarcasmo posmoderno: vil ludismo, no más: dirigen sus ataques, igual que los obreros ingleses de la segunda década del siglo XIX (ya estamos en el XXI), no contra los dueños de los medios de producción, sino contra las máquinas. Durante el I Encuentro entre los pueblos Zapatistas y los pueblos del mundo (2006), un indignado activista europeo lanzaba soflamas porque las cooperativas que hacían su vendimia en el evento, integradas por las bases de apoyo, tenían a la venta Coca-Cola en sus diferentes presentaciones. "Cómo es posible que digamos que estamos en contra de las transnacionales y estemos vendiendo o comprando Coca-Cola, es una contradicción", decía ufano por haber descubierto el hilo negro, el lado Coca-Cola de los zapatistas. Uno de los comandantes le aclaró —palabras más, palabras menos— que la contradicción, de haberla, estaba en su cabeza: "no sé si la Coca-Cola debe existir o no, ese no es el problema; de lo que estoy seguro es que los medios con los que se produce la Coca-Cola están en las manos equivocadas". No todo mundo aplaudió; quienes no lo hicieron son, quizá, los mismos que durante el congreso fundacional del Frente Zapatista (1997) trataban de impulsar que en los estatutos se plasmara que los fumadores no tenían cabida en la organización, sin reparar en que, de haberse aprobado su propuesta, el primero que hubiera quedado fuera era Marcos, en esos tiempos el sub y ahora el delegado zero —como la Coca-Cola ídem. Exhibiendo los mismos niveles de ignorancia que la más rancia derecha, algunas izquierdas, ante las maravillas producidas por el capitalismo, lo único que hacen es soltar exabruptos. Lo mismo se oponen a la energía nuclear —que genera electricidad sin producir emisiones de gases de efecto invernadero— que a los transgénicos -pasando por alto que el maíz es una planta domesticada, un invento humano— o, ya en el colmo, hacen suyo el epíteto de globalifóbicos que les endilgara Zedillo —acaso porque ignoran que sólo “con la redondez de la tierra como escenario” se hace posible la unidad de la clase trabajadora y, por ende, probable su emancipación. Delirios posmodernos (valga el pleonasmo): pasan del inglés porque es la lengua del imperio, pero pasan también de Shakespeare; escupen a Vargas Llosa cada vez que pueden, sin haber tenido el gusto de haber leído Conversación en la catedral —entenderían muchas cosas—; para no poner un dólar más en la bolsa de Bill Gates, abominan de la tecnología y la magia de la Internet; y, desde que todo México es territorio Telcel —es decir, de Carlos Slim— se comunican con señales de humo. (Un amigo marxista, de la línea grouchiana —que “aprendió al comprender/ y comprendió al pensar/ y pensó al militar/ y militó al crecer”—, resolvió la contradicción de su cotidiana modernidad con filosofía más realista que pragmática: sustituyó el Bacardí con el Habana Club y el Flor de caña, los Marlboro con Populares, la PC con una Mac, el Internet Explorer con el Mozilla Firefox, el Windows con el Linux, el copyright con el copyleft, la Británica con Wikipedia, Rousseau con Baudelaire y el realismo socialista con el mágico. La Pepsi por la Coca, no: “sería como beber café descafeinado o, peor aún, fumarse un cigarrillo sin nicotina y sin alquitrán después de haber hecho el amor con una muñeca inflable y, encima, con condón”.) “La burguesía, a lo largo de su dominio de clase, que cuenta apenas con un siglo de existencia” —escribía en 1848 Marx, quien “'vio el futuro mucho más cercano de lo que en realidad estaba”—, “ha creado fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas. El sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, el empleo de las máquinas, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación de vapor, el ferrocarril, el telégrafo eléctrico, la asimilación para el cultivo de continentes enteros, la apertura de ríos a la navegación, poblaciones enteras surgiendo por encanto, como si salieran de la tierra. ¿Cuál de los siglos pasados pudo sospechar siquiera que semejantes fuerzas productivas dormitasen en el seno del trabajo social?”. Pero tras señalar que “la burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario”, acota que al mismo tiempo “ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal” y que la única manera de superar dicho orden es crear uno nuevo, donde no existan “más deberes sin derechos” y “más derechos sin deberes”. Nada más y nada menos. Igual que Midas, quien todo lo que tocaba lo trastocaba en oro, la civilización capitalista ha hecho todo lo necesario para “no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel 'pago al contado'”, “ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio”, todas las libertades las ha sustituido por “la única y desalmada libertad de comercio”. El problema con el oro, con el capital acumulado, es que no se puede comer. Pero también es cierto lo que dice Borges en uno de sus cuentos: "nada hay menos material que el dinero, ya que cualquier moneda (una de veinte centavos, digamos) es, en rigor, un repertorio de futuros posibles”. Y son muchas las posibilidades: la Internet, que nace de la necesidad de “mantener las comunicaciones vitales” de los Estados Unidos “en el posible caso de una Guerra Nuclear”, se ha convertido en uno de los medios más eficaces de documentación, información y comunicación de los movimientos anticapitalistas; los celulares, con tan mala prensa por las radiaciones que emiten, fueron el medio para convocar en la calle a miles y miles de españoles -sobre todo a los jóvenes— para protestar contra las mentiras de Aznar, derrotándolo en las urnas al día siguiente, el 14M (2004); y, para no ir tan lejos, basta recordar que la movilización de las tropas revolucionarias, durante nuestra revolucioncita (1910), se hizo a través de la red ferroviaria auspiciada por Porfirio Díaz. “La burguesía”, se lee en el Manifiesto del Partido Comunista, “no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas”. Sospecho que además de las armas y sus portadores, la burguesía también provee el discurso. No otra cosa se desprende de la lectura del Manifiesto del movimiento Coca-Cola: “Ábrete al lado Coca- Cola de la vida. Toma una botella, gira la tapa, corta la tensión con un cuchillo, roba un rayo de sol, ve el otro lado, siente el futuro, diviértete, compártelo con extraños, muestra tu corazón al descubierto, pon algunas flores en un arma, ve el vaso medio lleno y no de la otra forma, mira cómo al mundo le crece una sonrisa, las posibilidades abundan, por cada no, hay un sí, más grande, sí, por cada artista muerto de hambre, hay un sueño de gran éxito. En el lado Coca-Cola de la vida hay mucho más qué ser, por cada callejón sin salida hay una oportunidad, es garabatear notas de esperanza en la banqueta, una mente abierta sobre tu vida. Es una nueva aventura cada día, el lado Coca- Cola de la vida”. Quien busque una explicación coherente de lo que está pasando en Oaxaca, no debe desdeñar el texto y sí leer entre líneas. “Toma una botella” y “gira la tapa”, son instrucciones bien precisas: “toma una botella, gira la tapa” y báñate el rostro con Coca-Cola para contrarrestar el efecto de los gases lacrimógenos y el picapica; “siente el futuro, diviértete, compártelo con extraños, muestra tu corazón al descubierto, pon algunas flores en un arma”, no es otra cosa más que un poderoso llamado a la resistencia, a sembrar la ciudad con barricadas; “mira cómo al mundo le crece una sonrisa, las posibilidades abundan,” es otra forma de afirmar que el porvenir es socialista; “por cada callejón sin salida hay una oportunidad”, es una invitación, nada soterrada, a salir corriendo para poder escapar de los milicos vestidos de pefepos; y eso de “garabatear notas de esperanza en la banqueta”, es un espaldarazo a los grafiteros que han pintado en las paredes de la ex-verde Antequera "¡Venceremos!". La cosa es seria: cualquiera que sin anteojeras ideológicas mire el logo rojo de la Coca-Cola plasmado en una botella transparente, colmada con las aguas negras del imperialismo yanqui, no tendrá problema para captar el mensaje: la bandera de la globalización es rojinegra.

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